miércoles, 8 de julio de 2015

Aquellos Ojos Esmeralda (1)



-La sesión comenzará en breve, por favor, pase por aquí.

Mi primer juicio. Tantísimo esfuerzo, estudio y dedicación han merecido la pena, mi sueño se verá cumplido en unos instantes. Titubeo cuando me guían hasta mi asiento, pero los nervios no me fallan y consigo llegar sin estorbar a nadie.

Recorro con la mirada el juzgado y puedo ver a hombres de porte elegante, que llevan a su espalda decenas de juicios. Conozco a la mayoría, algunos de ellos fueron los autores de los enorme tomos que devoraba por la noche en la academia. Muchos  ni siquiera eran obligatorios, pero no me importaba, adoraba leer y estudiar las leyes, normas y directrices bajo la luz de una vela.

La sala de juicios es más hermosa de lo que pudiera soñar. Una vidriera lanza pequeños destellos de colores al los bancos de madera, que poco a poco van llenando.  Frente a ella, el estrado se alza grandioso, imperturbable y firme. Es la mayor muestra de autoridad y se debe respetar por encima de todo.
Pese a la emoción que me embarga, no puedo evitar tener cierta aflicción hacia el caso que nos han encomendado.

Una bruja.

Una muchacha de apenas 20 años que ha sido culpada de magia negra por varias vecinas, que afirman haberla visto tratar con el diablo, mezclando extraños ungüentos y saliendo de noche a lo más profundo del bosque. Me extrañó que avisaran al jurado al completo para un caso como este; las acusadas de brujería no suelen tener un juicio justo, algo que nunca me ha parecido correcto. Brujas o no, el derecho a juicio lo tienen igualmente.

Supongo que habrán tenido corazón por una vez.

Veo como varios compañeros susurran mientras me observan, pero no me giro siquiera, no es la primera vez que me ocurre.

“Edmund Clovery ha conseguido llegar ha jurado, con lo joven que es”

“Un muchacho brillante, pero no lo suficientemente maduro para ejercer el cargo”.

No me importa lo que digan, he sudado sangre para llegar a este punto y ningún chismorreo logrará arrancarme de este asiento por el que tanto he luchado.

Finalmente me coloco y espero pacientemente a que la sala se llene por completo. Los murmullos cesan cuando el Juez entra en la sala, es un hombre de edad avanzada, pero sus cabellos canos son lo único envejecido de su cuerpo, anda con un porte noble y sus ojos brillan como si fuera a entablar batalla.

Cuando el noble Juez toma asiento, indica con un movimiento de mano que abran las puertas de la sala. Los fuertes pasos de los guardias amortiguan un débil sollozo ahogado. Alargo el cuello y puedo observar a la acusada.

Delgada y demacrada, arrastra los pies, como si tratara de clavarlos en el frío mármol para no avanzar hacia su juicio, pero uno de los guardias la golpea con fuerza en el estómago y sus esfuerzos ceden.

En mitad de la habitación hay un enorme habitáculo de madera tallada, al que se accede a través de unas escaleras en espiral. En los libros se lo conoce como Castigador, aunque en la carrera lo conocíamos como las Manos de Dios.

Después de atarle las manos con cadenas al Castigador, los guardias obligan a sentarse a la muchacha, que busca consuelo en alguna parte del juzgado. Me recuerda a un animal que sostiene entre los dientes los barrotes de una jaula.

De pronto gira la cabeza hacia el jurado y sostiene la mirada a todos y cada uno de los asistentes. Observo como mis compañeros bajan la mirada con desprecio, evitando cualquier contacto visual con la acusada.

Trato de imitarlos, pero cuando me mira, siento una extraña punzada de culpabilidad en la boca del estómago. Su rostro es frágil y pálido, y aunque está cubierto de suciedad, resulta agradable, aunque son sus ojos los que logran que mi mente abandone momentáneamente el cuerpo. Unos enormes y acuosos ojos color esmeralda, como jamás había visto.


Mi cerebro logra acallar a mi corazón y regreso al mundo real, en el que ella es la acusada y yo parte del jurado.

-En pie, la sesión estará precedida por el honorable Juez Joelf.

El Juez tiene fija la mirada en la joven, que levanta penosamente las manos encadenadas. Oigo murmullos a mi alrededor, el jurado está seguro de que condenarán a la joven por sus crímenes.

Alargo la mano y alcanzo la hoja de testimonios que han reunido. Al examinarlos detenidamente descubro que son acusaciones sin ningún tipo de fundamento, basadas en rumores, leyendas y posiblemente, malos entendidos. Suspiro al comprobar lo débil que es la línea que se tiene que rebasar para acabar postrado en el Castigador.

La voz del Juez Joelf resuena por toda la sala.

-Se la acusa de la realización de la magia negra, invocación y tratos con el diablo. –Le brillan extrañamente los ojos, como si realmente disfrutara torturando a la muchacha.- Este tribunal la ha encontrado culpable de esos crímenes, por lo que...

Me sobresalto al escuchar las palabras del Juez. El jurado no ha votado todavía, y pretende ejecutar la sentencia. Mis compañeros asienten conformes, pero yo no puedo soportar el ultraje y me levanto de mi asiento como un resorte.

-Señoría, el tribunal no ha votado todavía. La sentencia no es válida aún.

Puedo escuchar una exclamación por parte de toda la sala y una maldición de la boca del Juez Joelf.

-No contradigas al Juez, muchacho.-Un anciano a mi derecha tira de mi hábito para que me siente, pero permanezco firme, a la espera de la respuesta del Juez.

Él se lleva la mano a la sien y me fulmina con la mirada.

-¿A que se deben sus dudas, señor Clovery? ¿A caso duda de los fieles testimonios de las vecinas de la acusada? – Una sonrisa se dibuja en el rostro del Juez. –Intentar defender a una bruja es peor aún que serlo.

Trago saliva y observo a la muchacha,  que me sonríe débilmente con los ojos inundados de lágrimas.

-No la estoy defendiendo señoría. Solo pido una revisión de las acusaciones por parte de este jurado y una votación justa para determinar la condena.

Las exclamaciones se agravan, pero a estas alturas ya no puedo echarme atrás. El juez se masajea el cuero cabelludo y suspira con fuerza.

-Muy bien, procedan a la revisión de los cargos y las acusaciones.

Trato de reprimir una sonrisa, pero noto como me sube el calor en las mejillas.

Tras varios minutos de minucioso examen, descubro enormes lagunas en las imputaciones por parte de las vecinas de la acusada, situaciones ambiguas, localizaciones inexactas...La falta de pruebas se cae por su propio peso.

Cuando me ofrecen un pedazo de papel para que escriba mi veredicto, comienzo a sentir mariposas en el estómago. Estoy haciendo lo correcto, estoy seguro.

Miro de reojo a la muchacha, que a enjuagado sus lágrimas y observa la vidriera con fascinación. Sus ojos reflejan la inmensa cantidad de colores del cristal, dotando a sus ojos esmeralda de una tonalidad totalmente nueva.

-¿El jurado tiene ya un veredicto?

El más anciano de mis compañeros se levanta lentamente y sostiene todos los papeles en su temblorosa mano.

-La acusada es...culpable del crimen de brujería.

Ahogo un grito de resignación y me levanto, lanzando una furiosa mirada al jurado.

-¡No hay unanimidad de resultados! ¡La votación no es válida!

El Juez Joelf ni siquiera me mira, permanece sentado, limpiando lentamente sus gafas.

-Es lo suficientemente unánime, señor Clovery. –Levanta una mano y señala a la muchacha. -Procedan, acabemos de una vez.

Escucho el traqueteo de un sistema de poleas bajo el Castigador; un par de manos metálicas ascienden de las entrañas del aparato, ascendiendo lentamente hasta la altura del asiento en el que la muchacha lucha inútilmente por liberarse de sus ataduras.

Ruega al cielo, llora, grita y suplica clemencia, pero por desgracia, el artefacto es imposible de parar una vez la sentencia se ha dictaminado. Trago saliva y trato de retener una lágrima.

Las manos detienen su ascensión y se acercan lentamente a la joven. Las cadenas de sus manos tiran de ella, impidiendo que se mueva. Finalmente, el mecanismo hace que las extremidades metálicas se cierren sobre su cuello.

Las lágrimas inundan sus ojos, pero no es capaz de articular palabra. Las manos presionan su garganta cada vez más, hasta que se alzan de nuevo y la elevan en el aire. Ella patalea, cada vez con menos fuerza.

Observo como uno de los guardias permanece impasible frente a una palanca en la base del Castigador. 

Cuando el Juez le da la orden, este la acciona.

Me obligo a apartar la mirada de la escena, pero oigo perfectamente como el cuello de la muchacha se parte a causa de la presión.

Cuando vuelvo a posar la vista, el Castigador ha finalizado su función y las manos metálicas regresan al interior del mecanismo. El cuerpo de la muchacha yace sin vida en el suelo, con los ojos entrecerrados y una expresión de angustia y horror reflejada en el rostro.

Me dejo caer en el asiento, siento mi cuerpo pesado y mi mente confusa. ¿El sistema que tanto defendía es una mentira? ¿Una ilusión que me hizo creer que el Juez era la más alta autoridad y actuaria con conciencia?


 

4 comentarios:

  1. Me has dejado con la intriga *____* Es increíble que un texto tan breve consiga enganchar así. Espero la continuación.
    Besos :3

    ResponderEliminar
  2. No jodas lo has escrito tu? La verdad es un relato que me hizo leerlo y no parar, el tema es enganchador y vemos como el protagonista cambia de ideologia al final del relato. La chica muere y creo no esperaba ese final. Te mando un abrazo enorme y nos leemos :3

    ResponderEliminar
  3. Como siempre, un relato genial. Has conseguido provocar sensaciones muy dispares en mí. Primero, la emoción de quien siente devoción por su trabajo y tiene unas ganas e ilusión enormes de cambiar el mundo, de aportar su granito de arena en aquello en lo que cree. Por otra parte, me has hecho pasarlo realmente mal al ver semejante injusticia, sintiendo la misma impotencia y perplejidad del protagonista. Muy buen comienzo de una historia que veo que continuará y me alegro muchísimo de ello. Sigue así. Cuánto tiempo hacía que no leía algún relato tuyo!! ;)

    ResponderEliminar
  4. Me ha encantado, el tema de la brujería lo traté hace poco en uno de mis escritos y al documentarme entendí que gran parte de las muertes que se produjeron, por ejemplo, en Salem, eran una farsa de tamaño descomunal. Me encantó por donde llevaste la historia, y ahora mismo voy a continuar con la siguiente parte.

    ResponderEliminar

Los comentarios dan vida a este blog. Anímate a contarme que te ha parecido la entrada.

No está permitido el Spam y los comentarios ofensivos. Serán borrados de inmediato.